THERAPEUTIC REFLECTIONS FOR THE WEEK, WITH THE INTENTION OF LIVING IN THE PRESENT MOMENT AND THE ASPIRATION OF A MORE MEANINGFUL LIFE

¿Os acordáis de la frase “en el pecado llevas la penitencia”?…

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Cuando alguien la fastidia a lo grande y acarrea las consecuencias de lo que ha hecho, el aprendizaje supuestamente está servido. Si te han confiado un “secreto” con el firme compromiso de no contárselo a nadie —absolutamente a nadie— y tú lo charras a la persona menos indicada, no te quejes si pierdes la amistad. Todos los actos —todos— tienen consecuencias. Y esas consecuencias son las que nos van guiando por la vida. Tantas veces a base de golpes…

Si, estando a régimen, sucumbes a la tentación de elegir pizza en lugar de merluza a la plancha (absolutamente comprensible), ya sabes que colgando del último trozo de esa maravillosa masa va la cifra de gramos que vas a pesar de más mañana. Es así.

El problema empieza cuando alguien quiere saltarse la penitencia. Quiere el placer de cotillear, sin arriesgar la confianza. Quiere disfrutar de la pizza, pero sin que le afecte al peso. Quiere decir una barbaridad y que nadie se ofenda. Pretende desaparecer, mentir o traicionar, y después que todo siga como si nada. La vida no funciona así. Las consecuencias no son una venganza del universo: son un espejo donde aparece, con mucha claridad, lo que hemos hecho. Y ese bofetón de realidad tiene la función de que despertemos y nos demos cuenta del impacto.

Una cosa es acompañar a alguien con cariño y compasión cuando ha descarrilado y otra muy distinta es rescatarlo de cada consecuencia. A veces, por miedo al conflicto, por culpa o por un exceso de bondad (mal entendida), intentamos amortiguar el golpe que la realidad iba a darle a esa persona. Le quitamos importancia, justificamos y perdonamos demasiado rápido, pasándolo por alto para recuperar la paz. Cuando evitamos que alguien se encuentre con el resultado de sus actos, también le robamos una parte fundamental de su necesario aprendizaje.

Skinner, el psicólogo conductista por antonomasia, lo tenía muy claro: una conducta sin consecuencia desfavorable tiende a repetirse. Por eso, si una persona falta al respeto y nadie le pone límites, aprende que puede hacerlo. Si manipula y todos ceden, aprende que manipular funciona. Si miente y no pierde credibilidad, aprende que mentir le compensa. No se trata de castigar a nadie, sino de permitir que la realidad haga su trabajo. A veces, el límite más saludable no es “tranquilo, que no pasa nada”, sino “sí pasa, y ahora hay que hacerse cargo”.

Todos hemos aprendido alguna vez después de meter la pata. Hay aprendizajes que no entran por un sermón, sino por el cuerpo: por la vergüenza, por la pérdida, por el dolor de alguien a quien hemos decepcionado. Y es que la vida no se aprende con sermones. Por eso, la madurez no consiste en no equivocarse. Eso es imposible. Consiste en afrontar de cara y aprender de las consecuencias de lo que uno elige, a cada paso…

Las respuestas que van seguidas de satisfacción tienden a repetirse;
las que van seguidas de malestar tienden a debilitarse.

Cita de Edward L. Thorndike (psicólogo, pionero de la Psicología del Aprendizaje), de su libro Animal Intelligence: Experimental Studies. Una formulación de la Ley del Efecto (1911).

Ilustración de Pascal Lemaitre para el libro The Book of Mean People, de Toni y Slade Morrison (2005).

Sugerencia: Meditación n.º 22: “Meditación del Perdón”. Podemos causar daño y nos pueden causar daño, consciente o inconscientemente, movidos por el dolor, el miedo, la ira o la confusión. Esta meditación ayuda a cultivar el perdón hacia nosotros mismos y hacia los demás sin forzarnos, permitiendo que la intención de perdonar y perdonarnos resuene en nuestro corazón. Buena práctica…

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