Y añade…”8 abrazos al día para mantenernos y 12 abrazos al día para crecer”.
Satir, psicoterapeuta experta en terapia familiar, lo tenía muy claro: el amor es absolutamente imprescindible para la supervivencia. Y si lo que queremos es florecer, sin amor es imposible. Lo dice continuamente Stephen Hayes “el amor no es lo más importante, es lo único importante”.
Ayer hizo un año que comenzaron para España las limitaciones de este contexto pandémico que impide abrazarnos, lo que potencia el darnos cuenta de lo mucho que necesitamos el contacto físico amoroso. Lo paradójico es que damos por sentado la existencia de algo tan natural y espontáneo como un simple abrazo y solo cuando se nos prohíbe, es cuando le damos valor. Ahora ya no parece algo tan simple ¿a que no? ¡Qué ceguera el del ser humano!
Eso es lo que significa vivir dormidos, en piloto automático, como si fuéramos borregos, un día tras otro sin levantar la vista de nuestro quehacer diario. Y ahora nos los quitan y ¡zas! ¡¡¡cuánto los echamos de menos!!!
Y siguen las olas, cada una de ellas trae más incertidumbre, como si el universo quisiera asegurarse de que no se nos olvide…para que apreciemos “como oro en paño” los besos y abrazos en cuanto hagan su reaparición. No tenerlos hará que los prolonguemos, los sintamos plenamente en nuestro cuerpo y los agradezcamos, sentidamente, en nuestro corazón, el órgano más importante de nuestro cuerpo, según dice la ciencia y la vida misma.
Tenemos un cerebro negativo desde sus orígenes, no un cerebro agradecido. Hemos de virar deliberadamente nuestra mirada hacia las pequeñas alegrías internas, que siempre han sido más importantes que las “alegrías” pomposas externas, que tienen más ambición de impactar a nuestro entorno que de proveernos de satisfacción y plenitud personal.
Y así nos va: la ausencia de abrazos ha traído lo peor de la pandemia, el desequilibrio mental. La mente que todo lo mide está a mínimos y hemos de ocuparnos de ella con una dedicación casi exclusiva. ¿Cómo?
Acudiendo a la sabia consciencia que no juzga, no critica, no castiga y es todo amor. Con todo el cariño del que seamos capaces de darnos porque estamos sufriendo la carencia de amor compartido, lo que no nos impide dárnoslo a nosotros mismos. Esta acción premeditada se llama auto-compasión. Que literalmente se traduce en proveernos nosotros mismos de amor incondicional porque estamos sufriendo. No es pena ni lástima, es saber reconocer nuestro sufrimiento y saber también que todos estamos en la misma situación (en el momento actual, no hay nadie en el mundo que no esté viviendo el mismo contexto).
Aplicarnos el ungüento de la autocompasión requiere coraje y determinación. Si lo cultivamos, funciona y nos calma.
Os animo a que lo comprobéis por vosotros mismos.
Somos nuestro mejor refugio, solo hemos de descubrirlo….
“Llegará el día
en que, exultante,
te saludarás a ti mismo al llegar a tu propia puerta, a tu propio espejo,
y sonreirás y le darás la bienvenida al otro,
y dirás: Siéntate aquí. Come.
De nuevo amarás al extraño que fuiste para ti mismo.
Dale vino. Dale pan. Devuélvele el corazón
a tu corazón, a ese extraño que te ha amado
toda tu vida, a quien ignoraste
por atender a otros, al que te conoce de memoria.
Recupera las cartas de amor guardadas en los estantes,
las fotos, las notas desesperadas,
arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate y haz de tu vida un festín.
Poesía “El amor después del amor” del poeta caribeño Derek Walcott.
Ilustración de Oliver Tallec para el libro “This is a Poem that Heals Fish” de Jean-Pierre Simeón
Sugerencia: Meditación “Cultivando la autocompasión” en www.psyke.es. Esta meditación nos ayuda a aprender a desarrollar calidez y amorosidad bondadosa hacia nosotros mismos. Aplicada con apertura y honestidad, nos produce una sensación de presencia conectada y amorosa que amortigua los estados anímicos negativos y ensalza los positivos.