Estás tan tranquilamente cenando en tu casa y oyes discusiones acaloradas en casa de tus vecinos hasta la madrugada. Te acuestas intranquila, intrigada por lo que habrá ocurrido. Ya con el café en la mano, vuelves a escuchar follón en la puerta de al lado y miras por la mirilla a ver qué captas. Ves cómo tu vecino pega un portazo y sale corriendo con una maleta en la mano. Tus ojos se agrandan y tu mente, a falta de información, se dispara y elucubra: “Estos se acaban de pelear a lo grande, ya verás”. La vecina llama a tu puerta y te preparas para lo peor. Nada más abrirla, te espeta: “Anoche tuvimos juerga en casa y, si no despierto a mi marido, casi pierde el avión”. La telenovela imaginada se disipa de golpe, junto con la cascada emocional desatada.
La mente no soporta no saber. Es una tremenda máquina de predecir, porque en ello va nuestra supervivencia. Y, para poder predecir, elucubra, completa y rellena los huecos en los que le falta información. Escribes a una amiga y tarda horas en contestarte, cuando te suele responder enseguida: “¿Le habrá pasado algo?”… Y, si eres de las que piensan mal: “Se estará haciendo la interesante”. Cuando al final consigues hablar con ella, te informa de que se quedó sin batería. La mente tiene la necesidad de cerrar el círculo y prefiere una explicación errónea a ninguna. Obsérvala con curiosidad y verás lo que es capaz de inventarse cuando nadas en las aguas movedizas de la incertidumbre.
No hay otra forma de conocer cómo funciona tu mente que observarla. Y ese es uno de los muchos motivos por los que meditamos. Existen multitud de instrumentos sofisticados para medir todo nuestro organismo: radiografías, ecografías, resonancias, electrocardiogramas… y analíticas de todos nuestros líquidos corporales para detectar si algo va mal y ponerle remedio cuanto antes. Pero la mente, esa que lo interpreta todo, la que puede torturarnos o liberarnos, solo la podemos “medir” nosotros mismos al observarla. Podemos contarle al psicólogo, al psiquiatra o al neurólogo cómo nos sentimos, pero quienes conviven, duermen y sueñan con la mente las 24 horas del día somos nosotros. ¿No crees que sería interesante conocerla a fondo y convertirla en una compañera de viaje más amable y menos rollera y asustadiza?
Porque cuando no conoces tu mente ni sabes cómo funciona, te la crees. Y ese es el problema. No sufrimos solo por lo que ocurre, sino por la película que montamos con lo que ignoramos, tememos o recordamos mal. Una mente puede convertir un silencio inocente en rechazo, una tardanza cualquiera en abandono y un gesto espontáneo en amenaza. Meditar no es un lujo ni una excentricidad: es conocer a fondo nuestra mente para no dar siempre por cierto todo lo que pensamos. ¿Te imaginas lo que cambiaría tu vida si dejaras de creerte cada pensamiento que pasa por tu cabeza?
Si has hecho el curso de mindfulness en Psyke, con el programa científico de Reducción de Estrés (MBSR), me encantará leerte: ¿en qué te ha ayudado en tu vida cotidiana?
La mente no es lo que eres. La mente es un órgano que puedes observar.
Cita del Dr. Alok Kanojia en conversación con Andrew Huberman, en el pódcast Huberman Lab, episodio “Unlearn Negative Thoughts & Behavior Patterns”, 2026.
Ilustración para Big Questions from Little People, and Simple Answers from Great Minds, de Gemma Elwin Harris. Elegido uno de los mejores libros científicos de 2012.
Sugerencia: Meditación n.º 4: “Aquí y ahora: mente-cuerpo-mundo”. Nos ayuda a pararnos y darnos cuenta de lo que la mente nos está contando en un momento determinado. Es un breve chequeo muy útil en situaciones en las que podemos alterarnos por una interpretación errónea de los hechos. Buena práctica…