Estamos viendo a diario, en vivo y en directo, egos inflados pisándose los unos a los otros. El ego inflado no busca soluciones, busca validación. No escucha para comprender, escucha para responder, quedando por encima. Y cuando dos egos rígidos se encuentran, no dialogan: compiten. La pregunta deja de ser “¿qué es lo mejor para todos?” y pasa a ser “¿quién sale ganando?”.
Como estamos viendo, hay algo profundamente infantil en los conflictos que escalan sin medida. No hablo de ideologías ni de estrategias, sino de algo más primario: la incapacidad de ceder. Cuando el ego se fusiona con la identidad, cualquier desacuerdo se vive como una amenaza existencial. Ya no se trata de resolver un problema; se trata de no perder.
Desde la psicología sabemos que el narcisismo no es fortaleza, sino una debilidad interna tan frágil que requiere estar siempre a la defensiva. El ego grandioso suele esconder una intolerancia extrema a la humillación. Por eso reacciona con dureza, con desproporción, con necesidad de aplastar. No soporta la pérdida. Y cuando esa estructura psicológica ocupa espacios de poder, el impacto se multiplica dañinamente.
El problema no es tener ego. Todos lo tenemos. El problema es no haberlo trascendido lo suficiente como para que no dirija nuestras decisiones. Un ego ocultado y no detectado saldrá de sopetón, convirtiendo cualquier discrepancia en una guerra inminente.
Aprovechemos la coyuntura actual para aprender de este despropósito. Porque esto no ocurre solo en la política. Ocurre en nuestras casas. Con nuestras parejas. En nuestras familias. En esa discusión donde nadie quiere ser el primero en bajar el tono. En ese “yo no voy a ceder”. En ese silencio castigador que dura días existe un terrible ensañamiento del ego herido. Si tan solo lo supieran…
Tal vez el verdadero aprendizaje no esté tanto en detectar los egos ajenos, sino en observar el propio. Porque el ego es más fácil pillarlo fuera de nosotros: en el líder, en el vecino, en la pareja, en el cuñado. Pero si miramos con honestidad, descubriremos que el mismo mecanismo que criticamos existe, en versión doméstica, dentro de nosotros. El mismo orgullo que escala conflictos internacionales es el que nos impide decir “me equivoqué” en la mesa del comedor. Si conseguimos trascender el ego, nos daremos cuenta de que la verdadera madurez no consiste en ganar, sino en poder ceder desde nuestro poder interior. Y eso no es sumisión, es fortaleza.
Todo lo que nos irrita de otros puede llevarnos a un entendimiento sobre nosotros mismos.
Cita de Carl Gustav Jung, de su libro Recuerdos, sueños, pensamientos, de 1962.
Ilustración de Bjorn Rune Lie, para el libro The Who, the What, and the When: 65 Artists Illustrate the Secret Sidekicks of History, de 2014.
Sugerencia: Meditación nº 4: “Aquí y Ahora: Mente-Cuerpo-Mundo”. Nos ayuda a pararnos y darnos cuenta de lo que la mente nos está contando en un momento determinado. El ego puede entrometerse repentinamente sin que te des ni cuenta. Por eso este breve chequeo nos ayuda a hacernos conscientes de lo que estamos decidiendo, y así poder comprometernos con nuestras acciones desde nuestros valores. Buena práctica…