Saber que no somos nuestros pensamientos es uno de los hallazgos más revolucionarios y liberadores para la salud mental del ser humano. Y es el punto de partida para comprender por qué muchas personas terminan siendo esclavas de lo que su mente les presenta en forma de pensamientos, impulsos o imágenes.
Os pongo un ejemplo más común de lo que se cuenta: imagina a alguien mirando hacia la calle desde el balcón de un décimo piso con un bebé en brazos. Ese contexto de peligro puede generar, automáticamente, un pensamiento del tipo: “¿Y si se me cae?” o incluso una imagen fugaz viéndolo caer. El susto —y, sobre todo, el pánico por haber sido capaz de pensarlo— puede ser tan intenso que esa persona entre rápidamente en casa para evitar que suceda.
Nuestra mente está formateada para anticipar peligro. Y si siente una amenaza, tiene la “obligación” de presentarnos pensamientos e imágenes que se sincronicen con la intensidad de terror que aparecería si sucediera. Este es el origen de las obsesiones y de los pensamientos intrusivos que no queremos tener, pero que no paran de aparecer. Y dices: ¿por qué estoy pensando esto constantemente? Precisamente porque no quieres pensarlo…
La explicación neurocientífica proviene de la parte antigua de nuestro cerebro orientada a la supervivencia. La estructura de la amígdala regula la mayor parte de nuestras emociones (como el miedo) y la estructura del hipocampo alberga la memoria. De modo que, si meto el pie en un lago y un cocodrilo intenta morderme, el miedo graba la experiencia en la memoria para evitar que vuelva a cometer el mismo error, lo que puede salvarme la vida. El problema aparece cuando el cerebro reacciona ante un pensamiento o una imagen como si fuera un peligro real. Ya no solo me asusta lo que he pensado: empiezo a asustarme de mi propia mente.
Y aquí está la trampa. Los pensamientos no tienen brazos ni piernas ni te pueden obligar a hacer algo que tú no quieres hacer. Un pensamiento no es una intención ni una profecía. La mente genera posibilidades constantemente, incluso las más absurdas, violentas o contrarias a nuestros valores. Y nos horrorizan precisamente porque representan lo opuesto a lo que somos y a lo que más queremos proteger.
Al intentar expulsar el pensamiento, le estás enseñando a tu cerebro que ese pensamiento es peligroso. Y cuanto más vigilas si ha vuelto, más presente lo mantienes. La salida consiste en cambiar la relación que mantienes con él. Puedes decirte: “Mi mente me está contando que el bebé podría caer”, y, en lugar de vivirlo como si estuviera cayendo realmente, lo observas, reconoces que tu mente está intentando protegerte y dejas que pase sin apartarlo o discutir con él. La libertad no llega cuando consigues controlar lo que piensa tu mente, sino cuando un pensamiento puede aparecer sin que tome las riendas de tu vida…
El cambio esencial consiste en dejar de centrarnos en lo que pensamos y sentimos, para observar cómo nos relacionamos con lo que pensamos y sentimos.
Cita de Steven C. Hayes de su libro A Liberated Mind: How to Pivot Toward What Matters de 2019.
Ilustración titulada Samurai del artista japonés Yoshitoshi, para One Hundred Aspects of the Moon.
Sugerencia: Meditación n.º 4: “Aquí y Ahora: Mente-Cuerpo-Mundo”: Nos ayuda a pararnos y darnos cuenta de lo que la mente nos está contando en un momento determinado. Es un breve chequeo que nos distancia de nuestros pensamientos, para no engancharnos y así poder liberarnos de sus órdenes. Buena práctica…