REFLEXIONES TERAPÉUTICAS PARA INICIAR LA SEMANA CON LA INTENCIÓN DE VIVIR EL PRESENTE Y ASPIRAR A UNA VIDA PLENA CON SENTIDO

Llegar a envejecer es un privilegio, aunque en realidad es una faena… 

Conseguir llegar a la vejez debería sentirse como un privilegio. Fijaos: hemos logrado sortear enfermedades graves, accidentes inesperados y todo tipo de amenazas que podrían haber interrumpido nuestra vida. Y aquí seguimos, contemplando cómo nuestro aspecto externo se deteriora con el paso del tiempo, precisamente en un mundo que glorifica la juventud, la tersura y la lozanía. Una de las grandes faenas de la edad es que tú sigues sintiéndote la misma por dentro desde hace años. Tú sigues siendo tú, pero el mundo empieza a mirarte de otra manera.

Otro gran privilegio, especialmente ante el avance de las enfermedades neurodegenerativas, es poder conservar la lucidez. Pero, como casi todo en la vida, también tiene su contrapartida. Eres plenamente consciente de que te vas yendo poco a poco y de que no hay nada que lo remedie. Sabes que las personas a las que tanto quieres (sí, quiero pensar que me echarán muchísimo de menos) continuarán su vida sin ti. Y sabes también que te perderás sus logros, sus alegrías, sus conversaciones y todos esos pequeños acontecimientos cotidianos que tanto te importan y disfrutas.

Yo, que no me levanto de la mesa por miedo a perderme una conversación, vivo esa idea con especial intensidad. Y si alguna urgencia me obliga a hacerlo, siempre digo: «No habléis de nada importante hasta que vuelva». Mi familia y amistades más cercanas ya lo saben. Quizás por eso me cuesta tanto imaginar que algún día la conversación continuará y yo ya no podré escucharla.

Sin embargo, con la perspectiva de los años vividos, comprendo que envejecer nos concede una libertad que antes no teníamos. A estas alturas una ya sabe qué personas le hacen bien, qué batallas no merecen su energía y cuánto tiempo ha desperdiciado intentando gustar, convencer o demostrar su valía. Ya no quiero estar en todas partes, ni caerle bien a todo el mundo, ni fingir que algo me interesa cuando no me interesa. Quiero estar donde realmente quiero estar, con las personas a las que amo y en las conversaciones de las que no quiero levantarme (de alguna de ellas no me levantaría nunca)…

Soy una entusiasta de la vida. Por eso no me quiero ir. Quizás la parte más amable de saber que el tiempo es limitado es que me entran todavía más ganas de beberme la vida entera, de no dejar nada valioso para después y de estar muy presente en todo aquello que amo. Una comida, una llamada, una carcajada de mis hijos y nietos o una tarde con mis amigos ya no son acontecimientos pequeños. Son la vida. La vida entera ocurriendo delante de mí mientras todavía puedo verla, escucharla y participar en ella.

No quiero pasar los años que me queden lamentando los años que ya no tengo. Me entristece pensar que un día no estaré en esa mesa, claro que sí. Pero hoy todavía estoy. Hoy puedo escuchar, preguntar, reírme, querer y decir: «Esperad, que esto no me lo quiero perder». Y quizás envejecer consista también en aprender a no abandonar la vida antes de que la vida nos obligue a abandonarla…

La vida es corta, no la hagamos pequeña...

Frase atribuida a Johann Wolfgang von Goethe; fuente original no localizada.

Dedicado a todos los mayores de 65 años y —sobre todo— a todos los que nacimos el 30 de agosto.

Ilustración de Carson Ellis para el libro What is Love, de Mac Barnett, de 2021.

Sugerencia: Meditación n.º 21: “Meditación de ti misma ante el Pasado y el Futuro”: Esta meditación nos ayuda a cultivar la aceptación de nuestro pasado, con gratitud y confianza por haber sabido traernos al presente, con nuestros aciertos y nuestros errores. Con esa confianza en nosotros mismos, tomamos fuerza para dirigirnos hacia nuestro futuro con plena consciencia y autocompasión. Buena práctica…

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