El matiz merece reflexión. Todos queremos ser acogidos, que nos incluyan y que nos quieran. La necesidad de pertenencia forma parte de nuestra naturaleza. Necesitamos sentir que tenemos un lugar en la vida de otros y que nuestra presencia importa. El problema aparece cuando confundimos esa necesidad de pertenecer con hacer lo imposible para que no nos excluyan.
Porque pertenecer significa poder formar parte de un vínculo, una familia o un grupo sin dejar de ser tú. Encajar, en cambio, implica observar qué esperan los demás de ti y moldearte para no desentonar. Callas una opinión, escondes una necesidad, finges que algo no te duele o te ríes de aquello que en realidad te incomoda. Y así, casi sin darte cuenta, vas dejando partes de ti misma por el camino para poder acoplarte a los demás.
Encajar supone, en el fondo, una aceptación condicionada: te quieren si sigues representando el personaje que has construido al gusto de los demás para resultar aceptable. Y eso es agotador, porque mantener una versión amputada de una misma exige una vigilancia constante. Tienes que recordar qué puedes decir, qué debes disimular y qué parte de ti conviene mantener escondida. Estás dentro del grupo, sí, pero es difícil sentirte cómoda dentro de tu piel.
Recuerdo una fiesta que organicé hace años. Venían invitados muy queridos y una buena amiga parisina llegó unos días antes y me ayudó esa tarde a preparar la terraza. Escondimos los trastos y los juguetes de mis hijos, colocamos los almohadones, las flores, las velas… Todo estaba en su sitio. De pronto me dijo: «Eso, todo bien organizado, no sea que encuentren algo desordenado». Su comentario me impactó. Si aquellas personas me apreciaban, no era por la fachada de perfección que yo pudiera ofrecerles. Ese día desperté…
Se cuenta que un conocido presentador entrevistó al Dalái Lama en Londres ante unos 2000 espectadores. Al terminar, lo invitó a cenar a su casa por cortesía, convencido de que rechazaría la invitación. Pero aceptó. Alarmado, llamó inmediatamente a su mujer para pedirle que lo tuviera todo en orden y rogó al chófer que alargara el trayecto para tener más tiempo. Cuando llegaron, la casa estaba impecable, los hijos perfectamente vestidos y todas las luces encendidas. El Dalái Lama contempló la vivienda con admiración y tímidamente pidió abrir uno de los armarios de la entrada. La anfitriona accedió aterrorizada y, al abrirlo, cayó a sus pies una cascada de objetos apilados apresuradamente. Él sonrió y asintió aliviado: “Normal people, normal people”…
Toda una enseñanza. El problema no es tener partes desordenadas o contradictorias, sino creer que debemos esconderlas para merecer un lugar en la vida de los demás. Pertenecer es poder abrir el armario sin miedo; encajar es vivir sujetando la puerta para que nadie descubra lo que hay dentro. Quien verdaderamente nos quiere no necesita encontrarnos impecables, quiere sentirnos auténticos. Pertenecemos de verdad cuando dejamos de abandonarnos a nosotros mismos para evitar que nos abandonen los demás.
La verdadera pertenencia no exige que cambies quién eres; exige que seas quien eres.
Cita de Brené Brown, para su libro Desafiando la tierra salvaje: la verdadera pertenencia y el valor de ser uno mismo (Braving the Wilderness), de 2017.
Ilustración de Tomi Ungerer, para Beastly Boys and Ghastly Girls, editado por William Cole, 1990.
Sugerencia: Meditación n.º 13: “Meditación de la Montaña”. Esta meditación nos ayuda a desarrollar la firmeza y la sensación de poder interior. Nos ayuda a coger fuerza y defender nuestras decisiones. Ante los intentos de sabotaje interior y exterior, pisa fuerte. Eres montaña. Buena práctica…