Una cosa es que te de pena y te sepa mal no ir a ver a tu madre porque te ha salido un plan apetecible con tu pareja que te va a ocupar todo el día, y otra muy distinta es que no puedas disfrutar porque te sientes culpable. La culpa pesa mucho, tanto, que haríamos cualquier cosa para liberarnos de su peso.
Reflexiona: no has abandonado a tu madre, no la has dejado de querer, no le has fallado como hija. Has priorizado una relación adulta, presente y viva, que requiere tu atención. Y tu propia diversión, que también necesita su espacio. Aun con todos estos razonamientos, ahí está esa vocecita interna diciendo: “esto no se hace, está mal”. Si te vas de juerga con tus amigos, sientes culpa. Y si te quedas con tu madre, resentimiento. Cuando ella no te lo ha pedido, es la propia sensación de culpa la que te ha “obligado”.
Sentirse mal es humano. La culpa es otra cosa. Es una emoción social que aprendimos muy pronto. Nos enseñaron –sin mala intención– que querer a alguien implica sacrificarse, y que disfrutar cuando el otro se queda fuera es casi una traición. Por eso la culpa no te invita a reflexionar, te empuja a reparar algo que ni siquiera has roto tú.
Intentar evitar sentir culpa te lleva a hacer visitas forzadas, llamadas llenas de resentimiento y favores que luego te pasan factura por dentro. No es amor lo que sostiene todas estas conductas, es miedo a decepcionar, a ser juzgada, a dejar de ocupar el lugar de “buena hija”. Y vivir desde ahí acaba erosionando las relaciones, empezando por la que tienes contigo misma.
¿Te gustaría que fueran a visitarte porque se sienten culpables? ¿O porque te echan de menos y les apetece verte ? Yo lo tengo claro…
La incomodidad no es una señal de que estés haciendo algo mal; muchas veces es una señal que te ayuda a crecer. Madurar emocionalmente implica tolerar que alguien pueda sentirse decepcionado sin que eso te convierta en culpable. Y te digo más: cuidado con alguien que te quiera culpabilizar por algo que realmente no es tu responsabilidad. Eso es manipulación y hay que apartarse.
No nos confundamos. La culpa sana es necesaria porque nos informa cuando hemos cruzado un límite. La culpa tóxica nos castiga precisamente por tener límites. Aprender a distinguir ambas es un acto de autocuidado profundo. No se trata de volverte insensible ni egoísta, sino de dejar de vivir hipotecada por emociones que no encajan con la vida que estás construyendo.
Que lo que nos mueva en esta vida sea el amor, y no la culpa o el miedo…
La culpa es útil cuando nos señala que hemos actuado en contra de nuestros valores. Pero cuando la usamos para controlar, castigar o manipular -a otros o a nosotros mismos- deja de ser una brújula moral y se convierte en una carga.
Cita del libro “Dare to Lead” (Atrévete a liderar), de Brené Brown, 2018.
Ilustración de Anna Read para el libro “The Wanting Monster”, de Martine Murray. 2025.
Sugerencia: Meditación n. 8 – “Meditación Suaviza , Conforta y Permite Espacio a las Emociones Difíciles”
Esta meditación sirve para desarrollar la gestión de las emociones: reconocerlas, aceptarlas y dejarlas estar en nosotros, sin intentar reprimirlas ni controlarlas, aprendiendo a acogerlas sin que nos limiten la vida. Buena práctica…