Muchos mensajes sobre el bienestar son una trampa: nos quieren convencer de que estar bien supone “sentirnos” bien: no estar tristes, no estar enfadados ni estar perdidos, ni sentir miedo o confusión. Como si la salud emocional consistiera en mantenerse siempre serena, correcta y sonriente. Y claro, cuando aparece una emoción difícil, en vez de escucharla y acogerla, la vivimos como un fracaso personal. “No debería estar así”, “con todo lo que tengo”. Y empieza la lucha…
La emoción difícil no es el verdadero problema. El asunto de fondo empieza cuando, además de sentir dolor, nos asustamos por sentirlo. Cuando a la tristeza le añadimos vergüenza. Cuando al miedo le añadimos impaciencia. Cuando al enfado le añadimos culpa. Entonces ya no solo estamos mal por lo que nos pasa, sino también por la guerra interna que montamos contra lo que sentimos. Y eso agota muchísimo más que la emoción original.
Hay personas que se pasan la vida intentando no sentir. Se distraen, trabajan sin parar, comen de más, hablan de más, se anestesian con pantallas, con alcohol o con una agenda imposible. Y se cuentan que están “perfectamente”, cuando por dentro van haciendo agua. Lo que no se atiende no desaparece. Se acumula y acaba saliendo por otro lado, muchas veces en forma de ansiedad, de insomnio o de cierta irritabilidad o tristeza que no se sabe muy bien de dónde viene.
Por eso, mindfulness no supone relajarte sin más ni hacer como que el problema no existe. Es todo lo contrario. Consiste en aprender a estar con lo que hay sin salir corriendo: en darte cuenta de lo que sientes, nombrarlo, hacerle sitio y observar qué te está queriendo comunicar, sin dejar que tome el volante de tu vida. Una emoción puede traerte información valiosa, pero no tiene por qué dirigir tu conducta. Puedes sentir miedo y, aun así, hablar en una reunión de trabajo. Puedes sentir rabia y no herir al que tienes al lado. Puedes sentir tristeza y no dejarte hundir por ella ni contagiar a tu entorno.
Madurar emocionalmente no es dejar de sentir cosas incómodas, sino dejar de tratarlas como enemigas. La paz interior no se alcanza cuando desaparecen tus emociones difíciles, sino cuando ya no necesitas expulsarlas para sentirte bien. Todas las personas que tenemos una mente y un cuerpo y respiramos tenemos altibajos emocionales. Todas. Cómo las afrontamos marca toda la diferencia. Por eso, gran parte de tu sufrimiento no viene de lo que sientes, sino de la lucha constante que empleas —y que te desgasta— por no sentirlo.
Una vez más, aprender cómo funciona tu mundo emocional y adquirir herramientas para comprenderlo y regularlo es la mejor opción. Las personas que han hecho el retiro o el curso avanzado de equilibrio emocional (CEB) lo saben bien.
Tus elecciones te pertenecen. Deja que tus emociones aporten su información
y luego elige el camino que se alinee con tus metas y tus valores.
Cita de Susan David, en su artículo “Recognizing Your Emotions as Data, Not Directives”, publicado en su web oficial el 20 de julio de 2022.
Ilustración de Beatrice Alemagna para el libro We Go to the Park, de Sara Stridsberg, de 2024.
Sugerencia: Meditación n.º 16: “Meditación RAIN”. Te enseña a reconocer lo que estás sintiendo, aceptarlo sin pelearte de inmediato con ello, investigarlo con amabilidad y no identificarte por completo con esa emoción. Una práctica muy útil cuando lo difícil no es solo lo que sientes, sino la lucha interna que tienes por no querer sentirlo. Buena práctica…