El que te grita, te insulta, te ignora, te excluye o te inculpa, es el que tiene un problema. Si entras en “su” frustración y “su” inestabilidad, tu ego protector entra en acción y acabas contagiándote del mismo problema.
Esto es muy difícil de comprender (a mí me ha costado muchos años de sufrimiento) y solo puede ocurrir cuando somos capaces de ver a todas las personas –incluso a nosotros mismos- desde la compasión y el amor más profundo.
He escrito muchas veces en esta página que las personas hacemos lo que podemos. Si pudiéramos hacerlo mejor lo haríamos. Esto significa que cuando estamos bien, nos sentimos plenos, conocemos nuestro camino y propósito en la vida y aparece alguien que nos trastoca con sus asuntos no resueltos, hemos de mirar a esa persona desde el más profundo respeto a su situación -seguro que dolorosa- que le lleva a moverse como puede en ese momento, utilizando estrategias que posiblemente acaben dañándoles todavía más.
Por mucho que intenten convencerte e implicarte, no es tu culpa. El gran descubrimiento es que tampoco es la suya.
Dos ejemplos:
1) Cuando nos enganchamos a su historia desde el ego (yo, mí, me, conmigo): cuando tomamos los exabruptos o distanciamientos del otro como algo personal caemos en la trampa de incluirnos en su situación, que no es la nuestra, es la suya. Si mordemos su anzuelo es que tenemos el mismo problema y nos han tocado una llaga “nuestra”.
Veamos: si tenemos la creencia de que no somos muy inteligentes y alguien nos espeta “menuda tontería acabas de decir” y saltamos despavoridos gritando “¡no me vuelvas a decir eso jamás!”, nos levantamos y nos vamos…es evidente que nosotros tenemos un problema con ese asunto. Lo adecuado en este caso, sería tomar consciencia de nuestro “pique” y aprovechar el “regalo” de esta situación para indagar dentro de nosotros mismos y resolverlo (si queremos evitar que se repita el patrón, porque se repetirá, os lo aseguro).
2) Cuando nos desenganchamos de su historia desde el amor, libre de ego: si vemos las desbandadas del otro con una mirada compasiva entenderemos que no te pueden dañar –porque no tiene nada que ver contigo- ni son capaces en ese momento de hacerlo de otro modo. Esta comprensión liberadora te permite ver que no está en tus manos resolver “sus” asuntos.
En el caso de que estas situaciones adversas se repitan, es conveniente generar una distancia saludable hasta que la provocación baje de intensidad. Pues no puede haber compasión sin auto-compasión.
Si después de un tiempo esa persona decide reaparecer en tu vida (lo que no depende de ti), solo te queda acogerla con cariño, como en la parábola del hijo pródigo que volvió a la casa paterna habiendo “despertado” de su estado de confusión temporal.
Muchos podrían pensar que regresó para aprovecharse de las riquezas de su padre…pero todos sabemos que al final, la verdad siempre prevalece. Si hubiera sido así, recordad que nosotros no somos los jueces de lo que los demás hacen. Son las consecuencias de nuestros actos las que al final acabamos teniendo que asumir “siempre”.
La vida misma…
«Eres una buena persona aunque hayas tenido que distanciarte de alguien que estaba en tu vida. No eres una mala persona. No te machaques por sentir lo que sientes. Solo tienes una vida. No puedes curar a alguien que elige no curarse a sí mismo. No caigas en esa trampa. Y está bien, también, que sientas dolor por esa pérdida” –John Gottman
Viñeta anónima sobre las distorsiones cognitivas. Gracias…