Si me estás leyendo, con absoluta certeza has nacido de una madre. No sabemos lo que va a durar este acontecimiento tan natural y tan mágico con la IA acechando, pero por el momento las madres seguimos pariendo hijos e hijas, y no sin dolor. Por eso merecemos un homenaje en toda regla y, sobre todo, porque gracias a las madres sigue existiendo la especie humana. Y en estos tiempos en los que la conciliación familiar brilla por su ausencia, no es de extrañar el tremendo descenso de la natalidad, así que “heroínas” a todas las que se lanzan…
Es evidente que las madres tienen un papel crucial (y los padres, pero hoy es el Día de la Madre). Los hijos e hijas que dependemos de sus cuidados y desvelos, a veces, exigimos tanto de ellas que podemos llegar a creer que son inhumanas. Hay que hacer un trabajo consciente de bajarlas de los cielos y colocarlas sobre la tierra, donde existe la gente corriente e imperfecta, como tú y como yo, y empezar a mirarlas de otra manera.
Cómo miramos a nuestras madres dice mucho de nosotros, y pasa por distintas etapas: en los primeros años nuestra madre es la mejor —con diferencia— en comparación con todas las madres de nuestros amiguitos/as; en la adolescencia empiezan los primeros desafíos de rechazo y cuestionamiento de esa aparente perfección. A medida que nos hacemos adultos y comprobamos lo difícil que es ser humano, empezamos a mirarla desde la realidad. Y si además tenemos el privilegio de ser madre o padre: con visitas a urgencias de madrugada, con vómitos y fiebres, atendiendo sus demandas 24/7, sorprendiéndonos al gritar como fieras por exceso de estrés, ya abrimos los ojos como platos y decimos: “¡Wow!, ¡qué difícil es hacer esto bien!”.
Hay casos trágicos que provienen de madres atormentadas mentalmente, en los que lo más heroico es haber conseguido sobrevivir desde un interior devastado, procurando no romper a su cría con las mismas heridas que sufrió. Porque todas las madres tienen una historia detrás, un carácter, miedos, límites, su propia educación y sus propias grietas.
Por eso una trampa cruel es seguir juzgando a nuestras madres desde lo que nos faltó. Claro que faltaron cosas: quizás ternura, protección, escucha, incluso más alegría, o una madre capaz de atendernos sin volcar sobre nosotros su miedo, su ansiedad o su vacío. Pero madurar también implica preguntarse: ¿desde dónde podía dar esa mujer lo que yo necesitaba?, ¿qué recibió ella?, ¿qué le enseñaron sobre amar, cuidar, atenderse o pedir ayuda? Conviene revisar cómo recordamos a nuestras madres. Porque recordarlas desde la queja de forma ingenua nos infantiliza. La mirada adulta no convierte a nuestra madre ni en santa ni en villana.
La última mirada que posamos sobre nuestra madre es la más impactante y la más bella. Es la que emerge espontáneamente desde nuestro corazón cuando ya no está aquí. En la última etapa de nuestra vida, por la edad y por el reconocimiento de las múltiples equivocaciones acumuladas que hemos cometido en nuestra trayectoria vital, volvemos a subirla a los cielos desde una comprensión y gratitud inmensamente profunda. Feliz día a todas nuestras madres…
La manera de ser una buena madre es ser una madre lo suficientemente buena…
Cita del psicoanalista Donald W. Winnicott (1953).
Ilustración de Sophie Blackall para el libro “Pecan Pie Baby”, de Jacqueline Woodson.
Sugerencia: Meditación n.º 22 “Meditación del Perdón”. Podemos causar daño y nos pueden causar daño, consciente o inconscientemente, movidos por el dolor, el miedo, la ira o la confusión. Esta meditación ayuda a cultivar el perdón hacia nosotros mismos como padres y hacia nuestra propia madre sin forzarnos, permitiendo que la intención de perdonar resuene en nuestro corazón. Buena práctica…