No es lo mismo el amor afectivo, que el amor “afectado”. Existen grandes diferencias: el afecto es libre e incondicional, surge de manera espontánea al encontramos con personas con las que sentimos atracción por similitud de gustos, valores y coincidencias (sin necesidad de incluir aquí la atracción sexual). Es un surgir enérgico natural que nos lleva a querer compartir e interaccionar con esa persona en particular.
Cuando partimos de situaciones de igual a igual, hablamos de personas que se han sentido amadas y aceptadas en su infancia y, por tanto, no “necesitan” al otro para llenar su “vacío”.
Por desgracia, esto ocurre en el menor de los casos. Las carencias afectivas –reales o imaginarias- dan lugar a las mayores desgracias humanas. Pues en estos casos, la necesidad de sentirse querido y -sobre todo- aceptado sin condiciones, es tan ilimitada que casi es imposible suplirla, dando lugar a:
1) Los que necesitan proyectar su vacío inundando a su pareja o seres queridos con todas sus habilidades amorosas para así encontrar sentido a su existencia “si me hago imprescindible, me necesitarán” (esto no es amor, es pseudo-amor).
2) Los que llenan su carencia mendigando atención a través de posesiones que provocan el reconocimiento externo (otro pseudo-amor): casas, títulos, libros, poder, seguidores, likes… Nuestro mundo está lleno de ejemplos.
3) Las personas que, desde un vacío que rechazan, demandan y depositan su bienestar y plenitud en el otro, culpandolo de no saber amar, asfixiándolo tanto que su exigencia desmesurada acaba por demoler la relación.
Hay quienes han descubierto –y lo avala la ciencia- que todo empieza por uno mismo, y que a pesar de una infancia truncada, uno se puede llegar a querer incondicionalmente, de manera saludable: lo que significa reconocer y aceptar su punto de partida infra-satisfecha y trabajar desde allí, llevandose amorosa y compasivamente de camino hacia su mejor versión, que está en constante evolución.
La afectación es dependencia y supone estar a merced de la necesidad de afecto del otro para poder “ser”. Es un amor cautivo que impide que te puedas expresar como eres, pues percibes que te puede costar el amor de los demás.
De ahí que cueste expresar a la pareja nuestras necesidades, advertir a los hijos sobre sus obligaciones, limitar a nuestros padres sus intervenciones en nuestra vida diaria. En definitiva, PONER LÍMITES.
Todos, casos comunes que nos revelan amores afectados y esclavos.
Darnos cuenta de que nos estamos achicando y, por tanto, esclavizando; es el primer paso para poder empezar a buscar recursos para salir de ese estado dependiente a través de prácticas introspectivas y de regulación emocional tantas veces difundidas y fomentadas desde esta página.
Aprender a querernos puede que sea la inversión que más beneficios nos reporte en toda nuestra vida…