REFLEXIONES TERAPÉUTICAS PARA INICIAR LA SEMANA CON LA INTENCIÓN DE VIVIR EL PRESENTE Y ASPIRAR A UNA VIDA PLENA CON SENTIDO

Si alguien te ha fallado y te evita a toda costa, no eres tú, es su ego…

Hay personas que prefieren desaparecer antes que pedir perdón. La distancia es mucho más cómoda que responsabilizarse y afrontar su ofensa de frente. No se trata de ti, se trata de su incapacidad para reconocer su error porque se derrumbarían. Las personas que actúan así delatan su baja autoestima. Su ego está tan exageradamente inflado precisamente porque necesita protegerse en exceso ante su fragilidad.

La distancia no supone indiferencia; es, simplemente, pura defensa. Saber que “se han pasado” las deja demasiado expuestas, y esa exposición produce tanta vergüenza que el ego ha de entrar en escena para protegerlas de inmediato.

El ego no siempre aparece como soberbia. La mayoría de las veces aparece como victimismo. A pesar de haber sido el ofensor, le da la vuelta a la situación para creerse el ofendido. Así es el ego. Es como una necesidad desesperada de no confrontar lo ocurrido. Porque, si se afronta de cara, es posible que tenga que reconocer su responsabilidad y aparezcan la consiguiente culpa y la necesidad de reparar. Y reparar exige una humildad que algunas personas no pueden sostener.

Por eso hay egos que prefieren perder un vínculo antes que perder la razón. Terrible…

Cuando alguien te falla y luego te evita, el daño se duplica. Primero está la ofensa y, después, encima, viene el abandono y, por tanto, la ausencia de reparación. Y ahí la mente empieza a hacer lo que mejor sabe hacer cuando no tiene información: rellenar los huecos. “¿De qué va?”, “¿Estoy exagerando?”, “¿Por qué no puede simplemente decir: ‘Lo siento, me equivoqué’?”. ¡Eh!, no te equivoques tú: no es que no le importes, es que le importa demasiado su propia imagen.

Una persona con una autoestima saludable puede asumir un error sin desmoronarse. Puede sentir vergüenza y sentirse incómoda, por supuesto, pero puede reparar sin humillarse. En cambio, cuando el ego manda, pedir perdón se vive como una derrota. Como si reconocer el daño fuera a dejarla por debajo y supusiera una pérdida de poder. Cuando decir «lo siento», lejos de hacerte pequeño, te hace humano.

En Mindfulness observamos lo que aparece sin defendernos inmediatamente. Y esto es crucial porque el ego vive de la defensa automática para no ser descubierto. La consciencia, en cambio, nos invita a hacer una pausa y preguntarnos: “¿Qué estoy protegiendo ahora mismo?, ¿mi verdad o mi personaje?, ¿mi dignidad o mi orgullo?”. El ego quiere ganar, y la consciencia quiere comprender y estar en paz.

La postura más sabia no es insistir hasta que el otro tenga la madurez que no tiene. El cierre llega cuando tú dejas de mendigar una reparación que posiblemente nunca llegue. Quien pide perdón no pierde dignidad; todo lo contrario, la recupera porque se humaniza y puede mirar su propia sombra sin huir de ella y empezar, por fin, a ser libre…

Así sé que prefiero ser libre a tener razón.

Cita de Byron Katie, de su texto “Letter: About Apologizing”, publicado en The Work en 2014.

Ilustración de Parerga and Paralipomena, colección de ensayos de Arthur Schopenhauer, de 1851.

Sugerencia: Meditación n.º 16, “Meditación RAIN”. Esta práctica nos ayuda a reconocer lo que está ocurriendo, permitirlo, investigarlo con amabilidad y no identificarnos con ello. Muy apropiada para observar la vergüenza, la rabia, el orgullo o la necesidad de tener razón sin dejarnos arrastrar por ellos. Buena práctica…

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