La intuición es la habilidad para conocer, comprender o percibir algo de manera clara e inmediata, sin la intervención de la razón. Algo muy difícil de conseguir cuando nuestra mente parlanchina se entromete impidiendo que emerja ese fluir natural de sabiduría interior que todos tenemos.
Para poder acceder al tesoro misterioso de la intuición hay que aprender a abrir espacio y conectar con las tripas y el corazón. Ambos cerebros (más sabios que el de la cabeza) están en el cuerpo, del que tantas veces nos olvidamos.
Al practicar la meditación de la exploración corporal vamos abriendo poco a poco nuestra conciencia a todo nuestro ser al completo, posibilitando así captar mejor sus sutiles y profundas señales. En palabras de Anne Lamotte “la mente racional no nos nutre. Asumes que te dice la verdad porque nuestra cultura la venera, pero no es certera. La racionalización exprime y desecha gran parte de lo jugoso, rico y fascinante”.
De hecho la racionalización es un mecanismo de defensa de la psique que usamos inconscientemente para intentar no sufrir. Explicar o reflexionar sobre el porqué de lo que hacemos centrándonos muchas veces en causas que no lo son, potencia patrones de comportamiento que nos encierran en nosotros mismos todavía más, aumentando consecuentemente nuestro sufrimiento. Es el caso de quien limita su propia vida debido al continuo flujo de reflexiones/rumiaciones previas y posteriores a cualquier acción con la intención de justificarse y “darse la razón”.
Dejarse “ser” y fluir sin intromisiones narrativas sobre lo que estamos vivenciando es un arte que la mayoría necesitamos cultivar deliberadamente. Requiere saber soltar las opiniones y juicios que siempre nos presenta la mente y acoger la experiencia directa tal cual es momento a momento, confiando más en nosotros mismos sin apegarnos a expectativas ni resultados.
Si supiéramos ya el camino, el viaje no tendría ninguna gracia…
Ilustración: @72kilos