Cuando alguien se te planta delante y te pregunta, sin pestañear: «¿oye, tú podrías ayudarme a hacer la mudanza este domingo?» Y tú la miras atónita (porque sabes que ella sabe lo agotada que estás), y descubres que tu boca ha dicho que “sí”, sin que medie tu razón… descubres que tienes un problema: no has sabido priorizar tu necesidad de descanso porque ha pesado más tu deseo de no defraudar a tu amiga que tanto quieres.
Es una lástima que hayamos tenido que cumplir años y sufrir muchos “sí” a la fuerza, para que nos demos cuenta de que muchas veces, demasiadas veces, hemos antepuesto a los demás por no saber respetar nuestras necesidades.
Mira que cuesta decir que “no”. Cuesta por educación, por miedo a decepcionar, por esa idea absurda de que ser buena persona es estar siempre disponible. Sin embargo, decir “no” es una de las prácticas más profundas de autocuidado. No es rechazo; es honestidad. No es egoísmo; es coherencia. Y, paradójicamente, no se aprende estudiando cómo se hace: se aprende a decir “no” diciéndolo muchas veces. Al principio lo vas a tener que hacer en contra de tu voluntad de cumplir con el patrón que siempre has desempeñado.
Parece mentira que aunque hayas dicho que “sí” mil veces, el día que te armas de valor y dices que “no”, el otro se coja un cabreo que no veas. Y es que lo tenías tan acostumbrado a tu entrega, que te ha confundido por un siervo. La “culpa” realmente no es suya, es tuya por haberte prestado alegre e inconscientemente sin darte cuenta de por qué lo hacías. Cuando pones la necesidad del otro antes que la tuya (real), en el fondo te estás faltando al respeto.
Cuando no decimos “no”, estamos diciendo “sí” a nuestra costa. Cedemos tiempo, energía, sueño y descanso. Y eso tiene un precio. El cuerpo lo paga en forma de tensión y cansancio acumulado. Date cuenta de que para evitar que el otro se enfade, que piense mal, que nos critique, estamos cargando con un malestar mucho más profundo: nuestro propio bienestar. Y no estamos hablando de egoísmos, estamos hablando de necesidades reales.
Y ¿sabes qué? Cuando te des cuenta de que hacer las cosas a la fuerza te genera un tremendo resentimiento hacia la persona que te lo pidió, descubrirás que el verdadero rencor es hacia ti mismo por no haber tenido la valentía de decir educadamente “me encantaría poder ayudarte, pero en estos momentos necesito cuidarme. Lo siento pero no voy a poder”. Porque si tú no cuidas de tu salud, petarás; y así no vas a poder ayudar a nadie, ni siquiera a ti misma.
Atrevernos a poner límites consiste en tener el valor de amarnos, incluso cuando existe el riesgo de decepcionar a los demás«.
Cita de Brené Brown, de su libro “The Gifts of Imperfection” (2010)
Ilustración de Laura Callaghan de Anna Dostoyevskaya, la segunda mujer de Fyodor Dostoyevsky.
Sugerencia: Meditación n. 13 – “Meditación de la Montaña”.
Esta meditación sirve para desarrollar la firmeza y la sensación de poder interior, además de la aceptación de lo que se nos presenta en la vida. Sin dejarnos arrastrar por reacciones automatizadas y a la vez manteniendo la firmeza dentro de nosotros mismos. Buena práctica…