REFLEXIONES TERAPÉUTICAS PARA INICIAR LA SEMANA CON LA INTENCIÓN DE VIVIR EL PRESENTE Y ASPIRAR A UNA VIDA PLENA CON SENTIDO

Una mente sin domar puede ser un arma de destrucción masiva. Y en medio de una catástrofe como ésta, todavía más

Acaban de anunciar quince días más de “retiro”: ya parece que nuestro organismo biológico se va adaptando (tiene esa asombrosa capacidad), pero la mente humana va por otro lado. La mente consciente puede estar convencida de que se mantiene “cool”, pero en la realidad el subconsciente va reptando y emergiendo sigilosa e inadvertidamente para endemoniarnos.

Si en estado de rutina habitual la mente produce pensamientos mayoritariamente negativos (el 80% lo son, y se denomina ‘sesgo negativo’), imaginad de lo que es capaz de hacer la mente en una situación objetivamente catastrófica. Puede llegar a hundirte y hundir a los demás si no te entrenas y adquieres la capacidad de tomar distancia.

La peor parte del confinamiento de los presos, por ejemplo, no es solo que se les prive de libertad, es estar encerrados con su propia mente que se les apodera y atormenta día y noche sin descanso. Prefieren compartir celda con criminales con los que poder hablar que estar a solas con “la loca de la casa”, como denominaba a la mente Santa Teresa (y eso que era santa…).

Para amortiguar semejante tortura, ella proponía dejarla hablar pero “no hacerle caso”. ¡¡Qué difícil tarea si no nos entrenamos!! Y ahí, precisamente, reside el beneficio del tipo de meditación que fortalece la atención: ser capaces de observar nuestra producción mental desde la distancia y así no engancharnos. Lo que requiere generar un hábito de práctica y mucha constancia y perseverancia.

Analicemos lo que está ocurriendo actualmente en nuestro mundo mental y emocional: tenemos siete emociones básicas universales, siendo las más conocidas la tristeza, alegría, miedo y rabia. Cada una de ellas tiene una función de supervivencia. Por eso son heredadas y se desarrollan en nuestro cerebro antes de nacer. Las emociones son energías que nos mueven a la acción (del latín e-movere: energía que mueve). La función del MIEDO es protegernos y la de la RABIA, defendernos. Vamos a centrarnos hoy, por circunstancias evidentes, en la rabia.

La rabia surge dentro de nosotros de forma natural cuando sentimos injusticia, invasión o que alguien o algo obstaculiza nuestro camino para obtener lo que necesitamos. La injusticia y la imposibilidad de hacer algo al respecto (impotencia) activan nuestra rabia de forma desmesurada.

Partiendo de esta base, lo que estamos viviendo (sobre todo los que estamos en casa), viendo las noticias y participando en todo tipo de conversaciones derrotistas en un momento en que la realidad catastrófica externa está perfectamente sincronizada con una mente sesgada en negativo, abre la puerta a endemoniadas elucubraciones sobre el presente y el futuro que pueden acabar agarrándonos del gaznate y llevándonos a sentir una tremenda rabia despiadada.

Como la rabia es una emoción que necesita exteriorizarse y expresarse en acción de defensa, si la rabia se acumula existen dos posibilidades:
1) Que esa energía nos empuje a ser proactivos: utilizando la energía de la rabia para protestar, denunciar o salir a la calle para paliar la situación injusta o ayudar a los más necesitados, dando salida a esa energía de manera productiva.
2) Que esa energía no tenga posibilidad de exteriorizarse: con lo que nos la comeremos “con patatas” (envenenándonos) o se la soltaremos al primero que se cruce por nuestro camino (contagiándole) y así lograremos regular nuestro estrés vomitándolo hacia afuera. Por desgracia, los que se cruzan en nuestro camino son con los que convivimos regularmente en este confinamiento…

Cada uno que se ubique donde considera que pueda y deba. Pero hay que elegir.

Habrá veces que podremos y deberemos expresar (sobre todo para intentar concienciar a los que permanecen ciegos a esta realidad patente y potente), y otras en las que reconocemos que no podemos hacer más que quedarnos en casa sin contagiarnos ni expandir el contagio a nadie. Si tomamos consciencia de que este ‘retiro’ tiene un propósito por el bien común, esto ya es HACER, y puede minimizar nuestra sensación de impotencia y, por ende, rabia.

Pero dentro de la decisión (es una elección consciente) de “no-contagio”, los que tengamos esa capacidad de no ser correa de transmisión de las malas noticias, del desazón, del machaque al que consideramos “culpable” (el gobierno, el ser humano o el vecino…) démonos cuenta de que todos los países lo están haciendo mal. Nadie se preparó a pesar del aviso. Forma parte de la realidad de esta pandemia -sin justificar ni defender a nadie- nos guste o no. Salgámonos de nuestro micro-mundo y veamos la perspectiva macro…

Lo transcendental es ver qué hacemos con todo esto aprendido a nivel individual y a nivel colectivo. Ninguna crisis nos deja estancos en el “antes de la crisis”, todas nos cambian. Pueden llevarnos a ir hacia atrás y escondernos como avestruces, o puede promover en nosotros mayor resiliencia e iniciativa a cambios. Todo depende de nuestro afrontamiento consciente.

¿Qué decides?

Catalizar la rabia y actuar activamente, o protegerte (desenganchándote de los pensamientos trágicos que van a aparecer, dada la situación) y dejar de contagiar a los demás con tu artefacto destructivo armado hasta las trancas.

Como seres humanos tenemos una responsabilidad –y los que nos hemos entrenado más- de estar tocando la dureza de la realidad día a día, y aun así no sucumbir a la derrota para poder seguir acompañando y sosteniendo a las personas inmersas en este terrible contexto.

La compasión es “corazón blando”, sensible al sufrimiento y “espalda fuerte”, para poner lo mejor de nosotros mismos en tiempos de crisis, dentro de nuestras posibilidades como seres humanos que somos…

Tomemos consciencia ahora porque, por lo que nos anuncian, esto continuará…

“No es que gane lo maligno, nunca acaba ganando, lo que ocurre es que nunca muere”
–John Steinbeck

Imagen de la serie televisiva “Black Mirror”