Intentar que alguien aprenda en pleno suceso doloroso, es como pretender que un marinero aprenda a navegar por primera vez en medio de una tormenta. Además de que es imposible aprender nada estando en modo supervivencia, es contraproducente, porque va a tomar tu comentario como un insulto. No se pueden saltar etapas: antes de poder aprender algo de lo ocurrido, hay que aceptar lo que ha pasado y reflexionar sobre lo vivido. Todo un proceso que requiere su tiempo.
Imagina a una persona que acaba de sufrir un impacto de la vida como si fuera un navegante que ha sido arrojado al mar en medio de una tormenta. La tormenta representa el dolor y la adversidad que ha llegado a su vida de manera abrupta. El navegante la persona que ha de afrontar ese sufrimiento. Es evidente que en medio de las olas tumultuosas y el viento implacable, el navegante estará desorientado y aturdido, buscando cómo sobrevivir. Lo único que puede hacer -y debe hacer- es intentar mantener la calma que le permita ver con la suficiente claridad para poder tomar decisiones rápidas y acertadas.
Y eso es exactamente lo único que puede hacer una persona abrumada por el golpe inesperado del sufrimiento. Buscar su arraigo en la tierra, su eje de equilibrio, y mantener -en la medida de sus posibilidades- la calma mental con valentía y resiliencia interna. Basándose en una comprensión profunda de sí mismo. Cualidades necesarias que se fomentan con la práctica meditativa. Esta práctica profundiza en el autoconocimiento y la adquisición de herramientas necesarias para la vida, en la que sabemos de antemano que va a haber pérdidas, enfermedades (propia o ajena) y muerte.
Supone inocularnos antes para poder afrontar las adversidades con la única preparación posible para sostener el impacto. Aun así va a haber impacto, pero al menos llevaremos casco. Y así como el navegante ajusta las velas y mantiene el rumbo, tener recursos para mantenernos centrados hasta que amaine la tormenta es de vital importancia. Adaptarnos a los vaivenes adversos del viento, buscando apoyo si es necesario, manteniendo la esperanza de que algún día veremos la salida, es nuestro mejor aliado. Nada dura eternamente, ni siquiera nosotros mismos.
Una vez alcanzada la orilla, aceptando lo ocurrido desde la serenidad, podemos empezar a aprender de la experiencia.
En realidad, es lo único que podemos hacer. Y cada persona tiene su proceso que hay que respetar. Cuando llegue el momento, entonces, y solo entonces, podremos cambiar la pregunta de ¿por qué me pasa esto? a ¿para qué me pasa esto?
Esta reflexión profunda nos puede cambiar la perspectiva que tenemos de nosotros mismos, de los demás y del mundo que nos rodea…
«Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender.»
Extracto de “Sources II” de Marguerite Yourcenar (Gallimard, 1999).
Ilustración de Giuliano Cucco para el libro “Before I Grew Up” (Antes de hacerme mayor), de John Miller.
Sugerencia – Meditación n. 16: “Meditación RAIN”.
Esta meditación se basa en un acrónimo que sigue los siguientes pasos: Reconoce, Acepta, Investiga y Nútrete con autocompasión. Es una poderosa herramienta que nos ayuda a desengancharnos de trances emocionales y saber volver a la atención consciente. Ayuda a salir de la sensación de separatidad que produce sentirnos víctimas de la vida y volver a esa ternura y amor natural que hay en todos nosotros. Buena práctica…